El declinar de todos los sueños
PARTE PRIMERA: EL CONSORCIO
- Puesto que un dios no está encadenado a la fragilidad de los seres humanos – dijo gravemente Padre -, tampoco muere de la misma manera. Un dios puede vivir durante miles, millones, miles de millones de años. Puede ser desde siempre y para siempre. Sin embargo, existe un arma letal, y ésa es la que en esta ocasión ha operado. Hijos míos: Morfeo, el último de los Oniros, ha muerto.
El silencio sepulcral que siguió a las declaraciones de Padre no fue nada inesperado: era la forma en que los últimos dioses lloraban a los desaparecidos. Cada vez eran más los que se sumaban a aquellos que elegían dimitir, y la comunidad de supervivientes se volvía pequeña, ínfima. Y así, al quedarse el mundo sin deidades, sin poderes superiores, los seres humanos los asumían, volviéndose cada vez más poderosos y despiadados.
- Estamos ante un grave problema – observó Padre -. Primero fue Iquelo, el noble Fobetor, encargado de mantener las cosas en su lugar, de exprimir el miedo en los corazones mortales, de recordarles que vigilamos cuanto hacen y que castigamos con mano de hierro; le siguió el valiente Fantaso, rey de lo carente de ánima, señor de la tierra y de la roca, del cielo y del mar, y en fin de todo contexto sin vida. Por último, ha caído el que resistía, el que amaba el sueño por encima de toda verdad, el que personificaba miedo y realidad, el que daba alas a quienes no pueden volar. Morfeo está muerto, señores, inerte como una mesa, como una silla, como un ataúd. Y eso trae fuertes consecuencias, puesto que era el último cuya estela brillaba todavía.
- ¿Os dais cuenta de lo que insinuáis con vuestras afirmaciones? - inquirió Ares, erguido y fuerte – Nuestra propia obra nos expulsa, se ríe de nosotros. ¿Cómo pudisteis, Padre, no prever esto? ¿Quién es el responsable, a quién hemos de culpar, a quién debemos hacerle la guerra para detener la Caída?
- Te precipitas al hablar, hijo, como de costumbre. ¿Quieres culpar a alguien? Cúlpate a ti. ¿Quieres responsabilizar a alguien? Responsabilízame a mí. ¿Quieres matar a alguien? Acaba con todos nosotros.
Ares calló, no sin un destello de ira en su mirada, pues ésa era la forma en que se comportaba por naturaleza, ése era el sendero que recorría desde el principio: si el pájaro no canta, mátalo. Y, por mucho que fuera Padre quien le dirigiera tan severas palabras, el odio se apoderaba de él y lo llevaba a enviar pestes sobre los desgraciados seres humanos, que cedían y se acribillaban unos a otros sin necesidad de un motivo sólido. Era como jugar a un ajedrez sangriento que saciaba los deseos de venganza de un dios amargado.
- Conocéis el futuro al que nos enfrentamos, ¿no es así? Los días que se avecinan, los que precederán a nuestra caída. Sabéis por qué la muerte de Morfeo es lo peor que podría suceder.
- Se terminarán los sueños – musitó Atenea, sabia como ningún otro -. Los seres humanos se verán forzados a enjaularse en la realidad, sin posibilidad alguna de escapar a nuevas alternativas.
- No ocurrirá inmediatamente, por supuesto – intervino Padre, encubriendo una sonrisa dirigida a la astucia de su hija predilecta -, pues las mentes todavía están llenas de todo cuanto los sueños de nuestros hermanos los Oniros dejaron en ellas. Sin embargo, ¿quién viajará dentro de diez, de veinte años a las praderas de hierba anaranjada coloreadas por Fantaso y dotadas de vida por Morfeo? Todo eso morirá, y sabéis bien qué es lo que le ocurre a una mente en la que no existe la imaginación.
El silencio volvió a apoderarse del Olimpo, cuya respiración vibraba con el miedo de quien se dirige al ojo del huracán: la Creación se alimentaba del Creador hasta devorarlo por completo. Pronto no habría más dios que el hombre, dominando a todos los seres inferiores.
- Pero, ¿qué podemos hacer? - preguntó Deméter - ¿Cómo lidiar con el mal que se avecina?
- ¿Se debe crear una nueva raza de Oniros para que traigan luz a esta oscuridad? - insistió otra diosa envuelta en sombras.
- Eso no es posible – intervino Zeus, el Padre -, pues los Oniros salieron de Nix, la Noche, que ha caído en el Abismo hace siglos y que sólo despierta para cubrir el mundo de invisibilidad. Nix no volverá a concebir, pues hace tiempo que ha partido su capacidad para dar forma a lo nuevo.
- ¿Qué, entonces? - preguntó la soberbia Atenea – La única solución es resucitar a Morfeo, y no entra dentro de nuestras capacidades revivir lo que ha muerto; es tal vez la única cosa que no sabemos hacer.
- Sin embargo, querida hija, olvidáis que ninguno de nuestros hermanos ha fallecido. Sus almas se han disipado, sí, pero todavía existen en el mundo, dormidas como los mortales en brazos de Hipnos.
- Debemos, pues, despertar a Morfeo.
Desde luego, la solución semejaba simple en los labios de los dioses, pero el método se les escapaba por completo. Así pues, se zambulleron en un río de murmullos que derivaron en atropelladas vías de escape, en atolondradas sendas para llegar al alma perdida de Morfeo. Zeus sólo necesitó posar las manos por encima de sus rodillas para que se hiciera el más absoluto silencio.
- Sin embargo, ¿cómo hallar a Morfeo, perdido en cualquier dimensión conocida o por conocer? La única forma de traerlo de vuelta es derrotando al terrible oponente y, amigos míos, es algo a lo que los dioses no tenemos acceso.
- ¿Lo tienen acaso los humanos? - quiso saber el curioso Hermes, que no entendía de fronteras, sino de posibilidades.
- Tal vez, pero no es un humano quien nos ayudará.
- ¿Quién, entonces?
- Alguien que pueda crear un sueño por sí mismo, sin necesitar del intrépido Morfeo, pues sólo tan alta competencia lo hará salir de su Abismo; entonces, regresará a recuperar lo que le pertenece y seguirá tejiendo sueños hasta haber recompuesto su orgullo.
- ¿No volverá, decís, a aburrirse? - quiso saber Afrodita.
Y a su pregunta siguió un: «¡Oh!» , pues era sacrilegio pronunciar el nombre de la dolencia que los abatía. A un dios le hiere en su arrogancia que un semejante le recuerde quién es el que le clava puñaladas en el pecho. De modo que todos se echaron sobre la necia Afrodita, hermosa e inteligente, pero poco dada al sentido del tacto.
- ¡Basta! - gritó un enfurecido Padre - ¡Silencio! - y los tuvo a todos nuevamente a sus pies – Afrodita, has dicho algo pleno de sentido, y sin embargo carente de intuición. Pero sí, hemos de dejar nuestra vanidad a un lado para reconocer que el problema es el aburrimiento – y con un gesto acalló el nuevo: «¡Oh!» -. Morfeo ha renunciado porque no hallaba en sí mismo nuevos sueños que soñar, y la monotonía era tal que la agonía semejaba mejor que ese vacío dentro de él.
- Pero es evidente que volverá a aburrirse – convino Atenea -; por tanto, no ha dicho Afrodita ninguna estupidez.
- Debemos, pues, por esa misma razón, convocar a alguien que sea capaz de estar ahí cada vez que el Sueño, que Morfeo amenace con irse, alguien que pueda hilar una nueva trama que lo traiga de vuelta... una y otra vez. Y que, sin embargo, no le haga frente ni trate de arrebatarle su posición.
- Un héroe – adivinó Atenea -. El salvador ha de ser un héroe, puesto que debe ser humano, pero soñar como un dios; y es necesario que sea un dios, pero que posea la debilidad de un humano.
- Y, sin embargo, Atenea, yerras en esta ocasión – sonrió Zeus -, pues sí que debe poseer algo humano, pero no es la debilidad, sino la inocencia. Y tiene que gozar de algo divino, pero no de los sueños, de los que carecemos, sino de la longevidad.
Habían dado, pues, con la solución ideal, y, sin embargo, desconocían la realización de la misma. Todos los héroes habían muerto tiempo atrás, consumidos por su absoluta dedicación a los placeres de los hombres y convertidos poco a poco en mortales comunes.
- Será necesario engendrarlo – observó Ares, en retaguardia su ira -, pero, ¿quién lo hará?
- El más etéreo de los mortales; el más humano de los dioses.
PARTE SEGUNDA: LA BÚSQUEDA
Se cuenta que Atenea descendió a la Tierra y se mezcló entre los hombres, encarnada en un ser extraordinario, sí, pero no sin su toque de normalidad. Era posiblemente una mujer muy bella la que había elegido como recipiente de su espíritu luchador, pero también debía de mostrar en su cara los rasgos de una profunda sabiduría, semejante a la que se entreve en los ojos de un viejo, si bien elevada a un exponente eminentemente más alto.
La instrucción que había dado Padre era clara: tenía que dar con alguien, acaso un chamán o una pitonisa, cuya energía espiritual se mostrase tan elevada que se acercase a la de un dios y que, sin embargo, no lo fuera. Sería, seguramente, un ser abstraído del mundo, inmerso en alguna pasión que alimentaba con el conocimiento, con la soledad. Y allí estaba, al otro lado de un muro de mármol, aquel ser extraordinario cuya aura se palpaba incluso desde fuera del globo terrestre.
Atenea, pronta y decidida, puso sus pies en el interior de la casita extravagante a la que la había conducido la intuición, y en dos segundos se halló frente a la persona que buscaba: una mujer curiosa, anciana, de larga trenza alba y ojos de diamante, inmersa en el estudio de un cabello de cabeza humana, de un tono cobrizo brillante.
- ¿Qué hacéis? - le preguntó la diosa, tomando asiento junto a la mujer.
- Sostengo en mis manos una prueba, señora – dijo la vieja, sin molestarse en preguntarle a Atenea quién era o en hablarle de la propiedad privada -. Una prueba de vuestra majestad. Un cabello de diosa. Porque sois, en efecto, una diosa, ¿o acaso me equivoco?
- ¿Qué os hace regalarme tal calificativo? Soy sólo una mujer.
- No, señora, pues en ninguna mujer ni en ningún hombre ha morado jamás la centésima parte de la magnificencia que hay en vos. Decidme, pues, qué puede hacer este ser insignificante para satisfaceros.
Sonriente, la diosa Atenea tendió su mano blanca y sostuvo la de la anciana con firmeza. La calidez había muerto mucho tiempo atrás en aquella mujer cuyos seres queridos habían fallecido o se habían marchado y, sin embargo, sólo ella podía ser.
- Escuchad bien lo que he de deciros. Vos vais a tener un hijo, un hijo que no será humano, un hijo que no será dios. Y, cuando ese hijo nazca, rodeado de esplendor, seréis dichosa porque no padeceréis soledad jamás y disfrutaréis del favor de los dioses. Vuestra labor será recompensada y, en el momento de vuestra muerte, Tánatos os acariciará la mejilla y os llevará con alegría a las Llauras Eliseanas, donde se dice que mora Eurídice esperando por su amante.
Fue Afrodita la encargada de la otra misión, y en su lugar de trabajo dio, como era habitual, con el único hijo que Hera había despreciado, un dios que poco tenía de dios, puesto que nada en él era perfecto. Feo, cojo y con mal genio, se encerraba en su fragua con la única compañía de sus aprendices y durante décadas ignoraba que existían sus hermanos.
Con los andares dejados, las caderas ardientes y los labios bermejos, Afrodita osó hacerlo llamar y, con la sonrisa de quien ha traicionado a placer, se encaró a él.
- He venido a buscaros, marido, para que llevéis a cabo una importante misión.
- ¿Puedo saber qué deseáis que forje para vos? Pero, os lo advierto, todo tiene un precio. Así pues, decid cuánto estáis dispuesta a pagar para que yo decida si están o no a vuestro alcance mis servicios.
- No se trata, querido amigo, de ningún servicio que requiera de un yunque, sino que Padre os encarga una empresa que, pase lo que pase, debéis cumplir. Como me imagino desconocéis, Morfeo ha muerto, y con él, el sueño. Sin embargo, es necesario que regrese, y para ello daremos al mundo un héroe.
- ¿Por qué es necesario que regrese y qué puede hacer un héroe por él?
- Veréis – dijo Afrodita con una sonrisa coqueta -: vos, que sólo conocéis el martillo y la llama, desconocéis la importancia del sueño, sin embargo Padre asegura que es intrínseco al ser mortal y que sin sueño morirá la imaginación, y con ella el conocimiento, la hipótesis, el avance. El ser humano, que nos habrá destronado ya a todos, será el único dios, y, como nosotros, caerá en la decadencia y en el aburrimiento.
Ante la palabra asesina, Hefesto se estremeció y la miró con ojos refulgentes.
- ¿Qué debo hacer, según vos?
- Engendrar un héroe con una mujer mortal. De hacerlo, gozareis no sólo de mi respeto, sino también del favor de la mismísima Atenea. Elegid, pues.
Cuentan las leyendas que el héroe esperado nació de la unión de la humana Tristana con el dios Hefesto, sin embargo no surgió de sus cuerpos, sino que brotó de las llamas de la fragua meses después, encarnado en el cuerpo desnudo de una niña de diez años. No obstante, y puesto que los mitos no se han de tomar al pie de la letra, pondremos que la anciana dio a luz nueve meses después y que murió en el acto, dejando al abrigo del mundo a una niña inmortal. Al cabo una década, Atenea retornó a por ella, estando ya el mundo demasiado marchito como para seguir de brazos cruzados.
- Niña – le dijo -, fuiste concebida para soñar. Dibuja, pues, un lindo sueño: sólo así resistirás una larga vida en este mundo.
Como la pequeña no hablaba y ni siquiera daba signos de escuchar, la llevaron al Olimpo y la encerraron en una caverna en el interior del monte. Pasó allí muchos días y muchas noches y, por más amenazas que le hicieron, nadie conseguía hacerla reaccionar. Permanecía despistada, mirando al suelo con fijeza, como si pudiese hallar en su superficie dibujos ocultos, pero por otro lado parecía no ver, parecía que si estaba viva era únicamente porque podía respirar.
Ella era como todos los humanos que habían nacido tras la muerte de Morfeo: un ser que, aunque podía sentir interés por la realidad, enseguida se cansaba porque no tenía la capacidad de soñar con todas las cosas que podría hacer en ella. Nadie le había narrado cuentos de hadas ni la historia de Peter Pan; nadie le había hablado de alfombras mágicas ni de dragones del Lejano Oriente.
- ¡Es inútil! - gritó Afrodita, montando en cólera - ¡Nuestro plan no ha servido para nada, Padre! Todo está perdido. ¿Quién va a soñar con mi belleza si no se puede soñar? Caemos en el olvido...
- La niña no ha demostrado sus poderes hasta ahora – terció Hefesto, que la miraba con ojos de padre -. Tal vez debería haber nacido varón...
- Puesto que la hemos creado para esta misión, debe cumplirla – terció Padre -. Necesitamos paciencia, amigos...
- Tenemos toda la paciencia del mundo: ¡llevamos años esperando!
- Más paciencia, Afrodita.
La niña, que pasaba horas y horas sola, excepto cuando le daban de comer, se levantó una mañana y caminó por la cueva. Le disgustaba profundamente la oscuridad, de modo que se aproximó a los barrotes cerrados para salir. Metió una mano por entre dos de ellos, pero no conseguía pasar más allá del codo. Después lo intentó con las piernas, pero ocurría otro tanto.
Se deslizó por las cercanías de la boca de la caverna para poder gozar de la luz y fue a fijarse en unas extrañas inscripciones del muro, acaso lo que, inconsciente, llevaba años buscando. No podía entenderlas, pues apenas sabía leer y además no estaban en su idioma. Sin embargo, algo en aquellas letras le resultaba hermoso y acogedor, y pasó los dedos por encima de ellas.
Se produjo una luz cegadora, y la niña se agazapó en el suelo y se puso a sollozar, muerta de angustia. Le dolía en los ojos, pero más aún en el interior del cráneo, que parecía ir a estallar en pedacitos. Se le llenó la cabeza de cosas, de imágenes, de palabras, de símbolos... se desbordó, al fin. Por sus venas latía algo diferente, algo desconocido, que al mismo tiempo la conducía a la desesperación y a la alegría.
Y, entonces, en el culmen de todo aquel torrente de información, se formó una melodía, un canto único y armónico que se fue transformando en unos labios, en un rostro, en una persona envuelta en plumas blancas que sonreía con tranquilidad.
La niña temblaba, pero él le tendió la mano y ella la asió, aun asustada. Sin embargo, al tocar la piel intangible de aquel dios, sintió como si unos brazos fuertes y cálidos la estrecharan y le acariciaran el corazón.
- ¿Quién eres? - susurró ella, hablando por primera vez.
- Soy Morfeo, pequeña, y ahora vivo en ti. Dejé mi alma clavada en la piedra antes de marcharme, esperando que algún día llegase a relevarme la persona apropiada. Me he aburrido de soñar, querida, pero ahora lo haremos los dos juntos porque el mundo nos necesita. ¿Lo harás?
- Y-yo...
- No sabes quién eres, pero has nacido para ser parte de mí. ¿Sabes por qué tú? Porque el sueño más hermoso que pude imaginar, hace cientos de años, fue el rostro de una niña que venía a rescatar mi alma de la tempestad. Ahora, los dos seremos uno, y que el mundo se salve gracias a las ilusiones. El día que de verdad las pierda, estará acabado.
Cuentan, para terminar, que perder los sueños es mala señal, pues significa que Morfeo se ha aburrido y, amigos míos, no puede existir un mundo sin él.
FIN



